jueves, 29 de marzo de 2012

Santa Clara, “patrona popular” del buen tiempo


Clara de Asís es una santa muy carismática, casi mítica, que ha llegado a nuestros días como la figura femenina más representativa de la vida contemplativa medieval. Nació en Asís (Italia) en 1193, en el palacio paterno de Favarone. Siguió los pasos de su conciudadano Francisco de Asís, a quien había oído predicar cuando ella tenía dieciséis años. Dos años después huyó de su casa y renunció a los privilegios que le ofrecía su preclaro linaje, sus riquezas y su gran belleza. Eligió el penoso camino de la pobreza, con la ilusión de conseguir un mundo mejor, bajo el lema emblemático de Paz y bien. Hizo vender la legítima de sus padres cuyo importe repartió entre los necesitados. En 1212 fundo la Orden de Clarisas o Damas pobres, bajo la regla y estatutos de San Francisco y fue la primera mujer que creó una regla monástica en la Edad Media. Cuando murió, en 1253, el Papa Inocencio IV asistió a sus funerales y dos años después, Alejandro IV la canonizó.
Fue patrona reconocida contra los asaltos de piratas, patrona también de los guardianes de faros, de los pescadores y de los navegantes. Cristóbal Colón encomendó a las clarisas de Moguer el éxito en su empresa en 1492 y, a su regreso, les entregó exvotos traídos del Nuevo Mundo. El 14 de febrero de 1958, Pío XII la proclamó Patrona de la Televisión.
Santa Clara está muy metida en la entraña del pueblo, quien la considera patrona del buen tiempo. Es un patronazgo folclórico, por sus típicas ofrendas de huevos, cuyo origen se desconoce. 
 La tradición de llevar huevos a un monasterio de Clarisas antes de una boda se ha popularizado. La mayoría de las novias que se casan por la Iglesia así lo hacen y empiezan a hacerlo también quienes contraen matrimonio civil, sobre todo en regiones de pluviometría muy variable. Es rara la ofrenda de una sola docena, lo normal es que se ofrezcan dos o más, que con relativa frecuencia suelen ser docenas de trece huevos. A veces, acuden al convento los dos contrayentes y acostumbran a visitar a las religiosas; pero también los oferentes más numerosos prefieren dejar los huevos de forma anónima en el torno de estos monasterios de clausura, acompañados de una nota en la que se indica la fecha y hora de la ceremonia matrimonial.


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